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lunes, 7 de junio de 2021

Cuando el arte pierde su aura (I)

La pobreza de nuestra experiencia no es sino una parte de la gran pobreza que ha cobrado rostro de nuevo. ¿Para que valen los bienes de la educación si no nos une a ellos la experiencia? Esta pobreza de experiencia nos lleva a comenzar desde el principio. Este empezar desde el principio lo han tenido presente los artistas. Parten de cero y, con muy poco, lo hacen nuevo. Hacerlo nuevo es considerarlo suyo. Esto es así porque dentro de los grandes espacios de tiempo con la transformación del modo de vida transformamos también nuestra percepción sensorial. La ruptura de estos mecanismos provoca el empobrecimiento de la experiencia cultural.

Será con su arte como el artista muestra los primeros pasos, creando nuevas artes y poniendo incluso en cuestión la noción misma del arte. Para Benjamin este cambio en la percepción es el resultado de la pobreza espiritual. Adorno nos habla de cómo se ha modificado la experiencia cultural, apareciendo una teoría sobre la cultura de masas. Cómo ésta afecta al individuo en cuanto le supone una presión social (consumidor). 

 

El nuevo siglo y el nuevo nivel de desarrollo consagran que el “opio” del pueblo ya no es la religión, sino la cultura. La cultura de masas no es una cultura de masas sino una “cultura para las masas”, pero no surgida de ella sino de los intereses de los propietarios de los medios de producción.

 

Para Adorno esta cultura de masas no deja potenciar lo espiritual, lo psíquico y lo personal. No tiende a la ilustración y, por tanto, no nos deja ser mayores de edad, sino que nos vende mercancías utilizando la promesa de felicidad como engaño. Para Benjamin esta nueva forma de experiencia supone una “pérdida” o “pobreza” de capacidad de respuesta. La universalización de la forma mercancía es la causa de una transformación esencial de la estructura del individuo, tanto a nivel sensorial como emocional. Se produce un empobrecimiento del sujeto, que se rinde al objeto. 

 

Para Adorno la televisión te permite el sueño sin necesidad de soñar, satisface nuestras necesidades con un esfuerzo casi nulo, permitiéndonos alimentarnos de imágenes visuales y auditivas que nacen y se desvanecen al menor gesto. De igual modo Benjamin nos recuerda que, desde siempre, la obra de arte ha sido sometida a reproducción.

 

La cultura de masas, por tanto, trata de aprovecharse y de cumplir la debilidad del individuo, con el fin de menguar su autonomía y hacerlo esclavo de las mercancías, de su consumo y su posterior reproducción. El individuo es tratado como producto deseable del mercado, y esto lo vemos en la afirmación de Benjamin cuando afirma de las técnicas de reproducción como la fotografía y el cine podría servir para fines culturales y políticos, ya que distraen a las masas. Esto hizo que muchos artistas, sobre todo a partir de 1936, pusieran su arte al servicio de una causa. De esta forma su arte se volvía más próximo a la gente, más democrático.

 

Con las técnicas de reproducción y de difusión masiva, el arte queda desprovisto de su aura. Benjamin interpreta este fenómeno como una derrota del arte: “la desaparición del aura acarrea un empobrecimiento de las experiencias estéticas fundadas en la tradición, correspondiendo a un trastorno cultural” (empobrecimiento de la experiencia cultural).